Nos va la marcha, redíos. Nos gusta, o sea. Nos pone. De lo contrario no
estaría circulando ni la décima parte de la bazofia de la que luego nos
quejamos. Bazofia gorda y lustrosa, cebada con nuestra propia
estupidez. La mayor parte de de los estafadores que conozco-y conozco
unos cuantos-basa su negocio en la vanidad, en la lujuria, en la
ambición, en la gilipollez de la víctima.
Pensaba en eso el otro día, mirando una foto de una revista donde
aparecía, muy suelta y en un pase de modelos, una guarra profesional, de
esas cuya bisectriz del ángulo principal-expresado con delicadeza
geométrica- es de dominio público. Dicho de otra manera: una de esas
lumis que antes se ganaba la vida apoyadas en el quicio de la mancebía,
hablándoles a los marineros de tu, y ahora han cambiado la tradicional
esquina por el plató de Salsa de Tomate Mariano, o como carajo se llame,
y en vez de cobrar cinco mil y la cama aparte, como antes, se calzan a
un butbolista, aun torero, a un ex guardia civil reciclado a vivir del
morro propio o del de su señora, y luego cobran una pasta horrorosa por
glosar en un público las peripecias de su baqueteado chichi.
Resumiendo: putas de moderno nivel.
Total. Que en la foto salía la pájara en cuestión desfilando por una
pasarela en plan topmodel que te rilas, oye, la tía con ese garbo y esa
gracia natural que tienen nuestras pedorras autóctonas, pisando fuerte y
segura de sí, son un modelo de Faemino y Cansado, me parece que era, o
de Américo y Vespucci, o algo por el estilo-uno de esos modistos
italianos, creo, que luego resulta que son dos y de Palencia-. El caso
es que, en la foto, la topmodel las narices estaba puesta tal que así,
vamos, con los flashes de los fotógrafos y tal; y alrededor de ella,
mirándola embobado, el público. Y a eso voy. Porque era un público
femenino, no en plan pijolandio sino compuesto por señoras de cierta
edad, vamos, presuntas respetables marujas y alguna marilolis ajenas al
ambiente tope fashion; sin duda un viaje en autobús a la capital o algo
así, por la tarde a Torrespaña a hacer de público, por la noche pase de
modelos cutre. Supongo. El caso es que allí estaban en la foto, todas
esas pavas a dos palmos de la zorrimodel; y lo que me pudo la piel de
gallina fueron sus expresiones: sus caras irradiando envidia,
admiración, felicidad. Se lo juro a ustedes por mis muertos: parecían mi
abuela en semana santa, viendo pasar el trono de la Virgen. Aquellas
respetables matronas y sus hijas ejemplares, actuales y futuros pilares
de la sociedad española, con sus permanentes de peluquería de toda la
vida y sus honesta ropa comprada en los almacenes Tal, miraban a la
chocholoco de la pasarela transfiguradas de gozo y ternura, como si ésta
encarnara-y me juego lo que se tercie a que ahí era-sus sueños más
recónditos y húmedos.
Sus ambiciones. Caminar con tacón alto por una pasarela, ser objeto de
flashes, salir en la tele. Ser portada del Pronto y el Qué me dices y en
qué me cuentas. Guao. En una palabra: triunfar.
Y es que ahí está el punto, supongo. En esas caras significativas de la foto.
En esos culos hechos agua limón. Porque tienen delito. Nos pasamos la
vida protestando en la plaza, en la peluquería, sobre hay que ver esto y
lo otro, vecina. Adonde vamos a parar. Y luego nos pegamos a la tele
como lapas, cloqueando cual gallinas en celo, babeando de gusto cuando
vemos en carne mortal a una zorra de papel cuché, ay, bonita, cómo te
admiro, un beso, mua, mua, un autótografo, deja que nos hagamos una foto
contigo. Las tordas de la foto son las mismas madres que luego
disfrazan a sus hijos de Rickismartin y de Madoninitas repelentes y los
manda a los concursos de la tele, a que canten, a que bailen, a que
consigan los cutres aplausos y la fama que, en el fondo, siempre
anhelaron ellas. Esas marujas en el éxtasis, admirando aleladas a una
vulgar pedorra, que son símbolo perfecto de lo que tenemos y de lo que
merecemos tener.
Por casposos. Por imbéciles.
Arturo Pérez-Reverte